Domingo, 30 de julio de 2006

Hoy quisiera creer en las personas. Pensar que el mundo es simple. Banalizar con la vida. Quisiera escuchar a los amigos y apoyar sus conclusiones. Dividir el mundo en buenos y en malos. Matar a los malos y quedarme con los buenos. Que no hiciera falta juez. Que lo llevaran escrito en la frente. Quisiera que a los niños que se mueren de hambre milagrosamente les cayera un mendrugo de pan. Hacer de mi orgullo una bandera y un escudo con mi corazón. Me encantaría fabricar armas que explotaran a quien las dispara. Y armar a la policía con pistolas de juguete. Hoy… que le voy a hacer… tengo uno de esos días… que encerraría a los políticos en un manicomio y a los militares en una prisión.
Sin embargo, mañana… que incansable nos llega cada 24 horas. Ese día tras día. Ese sin vivir. Ese no poder disfrutar ni un instante sin ver al mundo arder por sus cuatro costados. Y cuanto más lo observas menos lo puedes entender. Mañana ya no creo en las personas, ni creo que el mundo es simple. No me atreveré a banalizar con la vida. Escucharé mil veces a los amigos pero no apoyaré sus conclusiones. Les diré que incluso ellos, sensibles a la tragedia, colaboran con la mierda. Menos mal que me seguirá apeteciendo fabricar armas que exploten a quién las dispara. Y que preferiré a la policía con pistolas de juguete. Menos mal que metería a políticos y militares bajo llave en prisión. Menos mal que algo de hoy… me quedará mañana.
Es triste pensar que las únicas personas socialmente solidarias, sensibles y responsables, son las únicas que sufren los males del mundo. Los únicos que no pueden, ni se dejan ser felices. Mientras tanto los que gobiernan, los que matan, los que roban, los que contaminan, los que explotan… esos… Esos no sufren. Esos se levantan cada día enterrados en dinero y se ríen a carcajadas de los que no son como ellos. Los que aprietan el gatillo si intentan amedrentarlos. Los que te explotarán mil veces y seguro que llenan el río de mierda. Los que comerán banquetes al lado del hambriento.
Es triste pensarlo porque ninguno de nosotros lo podemos cambiar. Porque nos sentimos unos don nadie ante tanta barbaridad. Y es más, realmente lo somos. Porque también somos los que no zancadilleamos por un puesto, los que no clavamos navajazos por la espalda. Los que de trepar sólo sabemos subir por los andamios. Si alguna vez, alguno de los nuestros zancadillea, apuñala y se convierte por fin en alguien, ya de nada nos sirve… se ha pasado al otro bando. Y matará, explotará, contaminará y se reirá de ti por seguir en tu nube.
Y yo me pregunto: ¿Cuantos cócteles molotov harán falta para vencer a tanto misil y avión teledirigido?
Por: Picaduras de Alacrán | Día a Día | Comentarios (0) | Referencias (0)
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